Haroldo Dilla Alfonso | 01.11.2015
ESTEPAIS
Conocido también como mar de las Antillas, ha despertado desde tiempos remotos la imaginación de muchos y la avaricia de otros tantos. Sus aguas han atestiguado grandes episodios de la historia. Ahora, el nuevo orden mundial refrenda el carácter estratégico del Caribe y de los puertos que integra.
Confieso que he vivido seducido por "La Mer", de Charles Trenet. No me llegó inicialmente en su versión original, sino en esa otra más ligera que eternizó Bobby Darin. Y al final terminé mezclando los encantos de ambas, siempre creyendo que había algo superior en eso de que alguien te espere "más allá del mar", y que cualquier cosa podía esperarse de una canción tarareada por primera vez en un tren en marcha y cuya primera partitura había sido trazada sobre una servilleta.
Mi apego al compuesto Trenet/Darin tiene una razón existencial: soy y nunca he podido dejar de ser un caribeño. Pero debo reconocer que el mar de Trenet —con sus ondulaciones blancas y sus destellos plateados— tiene poco que ver con ese mar que pudo haber sido de las primeras cosas que vi mientras me asomaba al mundo en un pueblo habanero que llevaba consigo el apodo de "ultramarino".
El mar que yo conocí podía ser tan dócil como decía Trenet, pero solo en apariencia, digamos que disimulando para disfrute de los bañistas. Era en realidad un mar díscolo que aporreaba furiosamente los muelles, entraba en las ciudades, tocaba las puertas de las casas agitado por ciclones frecuentes y maremotos ocasionales. Fue un mar de expedicionarios ansiosos de esclavizar o de libertar (según el caso), de piratas y corsarios, de comerciantes avaros, de flotas en zafarrancho y de emigrantes desesperados. Ha sido un mar donde siempre ha temblado el pulso de la vida.
Y es que el Mar Caribe ha sido una zona de muy alta sensibilidad histórica. Fue por él, simulando una gran boca continental, por donde entraron los primeros buques europeos para iniciar ese proceso de "desenclavamiento planetario" —a decir de Pierre Chaunu— que fundó un mundo nuevo sobre las ruinas ensangrentadas del precedente. Fue en sus islas donde comenzó el más espantoso genocidio de la época. Y fue en una de ellas —Santo Domingo— donde se fundó la primera ciudad renacentista que su primer obispo —un cura italiano, trotamundos yquattrocentista— percibió como superior a Florencia y llamada a tener "un gran predominio en toda la región equinoccial".
Cuando Geraldini —ese era el nombre del cura— escribió su elogio, Cortés todavía lloraba sus derrotas en los lindes de Tenochtitlán y La Habana era un deseo errante. Pero la gloria de Santo Domingo duró poco, y cuando el imperio se consolidó en tierra firme y España organizó su fabuloso sistema de flotas, el eje del Caribe se trasladó a su lado occidental, conformado como un sistema radial centrado en La Habana, con tentáculos en los puertos que conectaban con los enclaves primario-exportadores de la Nueva España, Nueva Granada y Perú: Veracruz, Portobelo y Cartagena. El Caribe se convirtió en el lugar de las transacciones comerciales que alimentaban al capitalismo europeo y hundían a la economía española. Era, como escribió Quevedo, un continuo desde el nacimiento del dinero en las Indias "donde el mundo le acompaña" hasta su entierro en Génova. Y de ello quedaron las fortalezas y las murallas que aún encienden la imaginación de turistas e historiadores, y una ciudad dominante —La Habana— que supo manejar con particular habilidad su posicionamiento fronterizo entre el imperio español en decadencia y el sistema mundial en formación.
Para no perder su pasión primeriza, el Caribe alumbró la primera revolución independentista de América Latina. Fue una guerra sin cuartel entre los esclavos de la colonia más redituable de su época —Saint-Domingue, hoy Haití— y una tropa colonialista nutrida de los mejores oficiales y soldados del hasta entonces invencible ejército napoleónico. Esta tropa fue derrotada por los esclavos insurrectos, quienes prendieron fuego a cada centímetro de la media isla como para demostrar a todos y a sí mismos que no había lugar a dónde huir ni en dónde esconderse.
El impacto de la Revolución haitiana adquirió dimensiones insospechables. No solo demostró a los de abajo que la redención era posible, sino que frustró la expansión napoleónica sobre el hemisferio occidental y obligó a Bonaparte a vender Luisiana. Los revolucionarios haitianos invadieron la parte oriental de la isla —el Santo Domingo español— y la hicieron avanzar, en varios sentidos, mucho más que en siglos de letargo colonial hispano. Además, apoyaron decisivamente —con armas, hombres y vituallas— a Simón Bolívar a cambio de que aboliera la esclavitud en los territorios que liberara. Por todo ello sufrieron un cerco contrarrevolucionario que solo pudieron aliviar cuando pagaron una indemnización a Francia, y Bolívar nunca les tomó en cuenta cuando organizó su Congreso de Panamá.
Fue también en el Caribe donde comenzó la expansión hegemónica estadounidense —"con esa fuerza más", escribió José Martí—, no solo mediante inversiones y presiones diplomáticas, sino también desembarcando tropeles de marines en al menos ocho países de la región y sometiendo a varios de estos a regímenes coloniales o semicoloniales. Para el caribeño común la noción de imperialismo no estaba asociada —como pudo pensarlo un conosureño— con la imagen de inversionistas sibilinos y embajadores prepotentes, sino con la punta de las bayonetas.
Las euforias canaleras
La pasión geopolítica de Estados Unidos por el Caribe no fue diferente a la que motivó a España a llenar sus costas y ciudades de fortines y al asturiano Menéndez de Avilés a colgar a cuanto hugonote se movía por la Florida. Se trataba de asegurar no solo posesiones económicas sensibles sino también una vía de comunicación vital para los intercambios mundiales. Estados Unidos tenía otro argumento en esta dirección: el Canal de Panamá, inaugurado en 1914. Un argumento fuerte que lo llevó a ayudar en la invención de un país que le permitiera quedarse con la propiedad de la vía marítima por tres cuartos de siglo.
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